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Jueves, 02 Abril 2015 20:03

Historia de una desigualdad visible

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Cuenta Maria Neusa Carbalho, mientras limpia los frijoles sentada en su minúsculo negocio de venta de refrescos, que en el edificio de enfrente rodaron hace tiempo una telenovela (se trata de 'La próxima víctima', emitida en 1995 por la televisión nacional Globo). Por eso sabe ella que cada apartamento de ese inmueble tiene una piscina en la terraza y por esa fotografía que hizo el brasileño Tuca Vieira que ha hecho famosa la favela en la que vive, Paraisópolis, y el edificio colindante del barrio de Morumbi por reflejar de forma meridiana las brutales desigualdades económicas y sociales que existen en su país. "Mi tía vivía aquí desde hace más de 30 años cuando no había nada alrededor", asegura airosa Maria Neusa como restándole importancia al distrito rico que ha ido envolviendo su barriada.

"No nos mezclamos. Ellos se quedan allí y nosotros aquí"Francisco de Asis, habitante de la favela
El sol del verano paulistano amenaza con quemar a cualquiera que se asome a la calle en la que se construyó el muro que separa una de las favelas más grandes de Brasil -con más de 70.000 moradores- de uno de los barrios más acaudalados de São Paulo. Los habitantes de Paraisópolis buscan la sombra, que no llega de los rascacielos pudientes, pegados a las fachadas de sus casas deslucidas. "No nos mezclamos. Ellos se quedan allí -y hace un gesto con las cejas hacia la edificación ostentosa- y nosotros aquí, simplemente. Yo vivo muy a gusto aquí, ni miro para allá", explica Francisco de Asis Dos Santos sentado a la entrada de su bar sin camisa para lidiar contra los 37 grados que aturden a la ciudad.

Francisco de Asis se muestra ajeno a la diferencia que le separa de sus vecinos. Como si se hubiera acostumbrado a vivir de espaldas a ellos para no hacerse daño. Sin embargo, negar la existencia de esa realidad no la hace desaparecer. Esta semana, Oxfam publicaba un informe en el que se hablaba de la profunda brecha entre ricos y pobres. Según la ONG, el 1% más rico de la población mundial tendrá más dinero que el 99% restante en 2016. Un ejemplo clarísimo de esos datos sigue siendo Brasil, que pese a su desarrollo económico es uno de los países más desiguales del mundo y donde la pobreza y la riqueza coexisten muy cerca, más bien, pegadas la una a la otra por todo el país.

En Río de Janeiro, estas ocupaciones ilegales del terreno que llevaron a la constitución de las favelas se realizaron muy cerca de los barrios más prósperos primero porque había un lugar donde asentarse -normalmente en los morros de la ciudad- y segundo porque era más fácil llegar hasta esos mismos barrios donde tenían trabajo, pero era imposible tener una vivienda. São Paulo es la ciudad del país con mayor número de personas viviendo en estos suburbios, que suelen estar ubicados más lejos del centro. Sin embargo, tampoco se ha impedido esa mixtura impúdica que deja ver tan claramente lo mucho y lo poco.

El ombligo de Morumbi

No es casualidad que para mostrar estas diferencias, la ONG Oxfam usara en su informe la fotografía que hizo Tuca Vieira hace más de 10 años sin haber perdido ni una pizca vigencia. Porque nada ha cambiado en la zona. El fotógrafo captó desde un helicóptero las chabolas de Paraisópolis separadas por un muro irrisorio de un lujoso edificio del barrio de Morumbi. Tres años más tarde, esa imagen formó parte de una exposición en la Tate Modern de Londres titulada 'Ciudades globales' y desde entonces "enriquece un debate sobre Brasil, sobre América Latina, sobre la desigualdad", afirma el propio Vieira.

E invita a esa reflexión pese a que la imagen, según el fotógrafo, "no muestra exactamente como son las cosas. En ese edificio con piscinas no están los más ricos, que a su vez, no viven pegados a los más pobres, que a su vez, no son los moradores de Paraisópolis". Sin embargo, "el poder simbólico y didáctico de la imagen prevalecen con su gramática visual simple y directa".

Si el inmueble de la foto definitivamente no es el hogar de los más ricos -un apartamento ahí puede costar unos 700.000 euros-, el distrito si es de los más adinerados e importantes de la ciudad. Aquí se encuentra el hospital Albert Einstein, uno de los más destacados del país; también están las principales oficinas del gobierno del estado paulista; y el estadio de Morumbi del São Paulo, uno de los equipos de fútbol de la ciudad, entre otros lugares de referencia para todos los brasileños.

La foto de la unión de los dos barrios "enriquece un debate sobre la desigualdad"Fotógrafo Tuca Vieira.
Y en medio de todo eso, construyendo una enorme y desharrapada colmena, permanecen cercadas las más de 14.000 casas que componen la favela. Ese ombligo -por su ubicación central y no por su importancia- del sector de Morumbi sigue misteriosamente -no cabe ni un alfiler más en ese laberinto de madera y ladrillo- creciendo con más gente que va llegando de fuera y se instala donde puede. Maria Neusa Carbalho, que llegó de Bahía hace 15 años, vive con su hijo de 21 años en Paraisópolis. "Los precios aquí han subido mucho porque ahora tenemos cosas importantes alrededor. Por un cuarto se está pagando 400 reales (más de 130 euros) y por dos 800 (más de 260 euros)", explica sobre lo que está pasando en la zona. "Yo quería alquilar un local más grande para mi negocio pero están entre 3.000 y 6000 reales (entre 1.000 y 2.000 euros)" dentro de la propia favela.

Es verdad que primero aparecieron ellos, los más pobres, y luego llegaron los otros. Según la Prefectura de São Paulo, en el año 1921, el terreno que pertenecía a la Hacienda de Morumbi fue parcelado en lotes para vender, pero "muchos de los que compraron esos terrenos no tomaron posesión efectiva de ellos o dejaron de tributar correctamente". Fue cuando ese terreno abandonado se convirtió en "una invitación a la ocupación informal". Primero fueron pequeñas huertas y terreno para el ganado; y ya en 1970, comenzaron a aparecer las primeras chabolas de madera.

'Ciudad sin Dios'

Desde entonces y pese a la subida de los precios, siguen llegando brasileños de otros estados persiguiendo el sueño de São Paulo, estado con la mayor producción económica del país. Idivaldo Dos Santos, de 33 años, llegó de Bahía hace tres y medio y sobrevive haciendo trabajos dentro de la comunidad como y cuando puede. "Unos días descargo o cargo arena, otras hago un muro, otros construyo algo... poco a poco, sin nada fijo ni cerrado. Aquí por lo menos no soporto la humillación de la ciudad (se refiere a trabajar fuera de Paraisópolis) donde te dicen un horario o un salario que nunca cumplen, te desvalorizan, te tratan mal... Yo prefiero trabajar aquí".

Hay otras personas que también optan por buscarse la vida en la favela en vez de luchar contra el estigma social que les acompaña cuando salen del suburbio. Ana Carla Jesus Santo, con tan sólo 17 años ya tiene clarísimo que es mejor quedarse dentro. "Antes trabajaba en una peluquería de la avenida Giovani Gronchi -en el barrio rico- y no me gustaba. Fuera no valoran tu trabajo, nada de lo que haces está bien. Ahora estoy trabajando aquí y estoy muy contenta. Me compensa anímicamente", asevera para añadir después con su sonrisa blanca y bahiana: "Quiero vivir aquí hasta que muera; hasta la eternidad".

Con la misma idea de permanecer en Paraisópolis, Idivaldo compró una chabola en lo alto de la favela por 3.000 reales (menos de 1.000 euros) que aún está pagando. Al principio sólo era un cuarto de madera, al que se llega por estrechos túneles que van formando el resto de casitas desvencijadas que rodean y, al mismo tiempo, sujetan la suya. Hace poco, construyó otra habitación sobre la ya existente con tablones de madera que parecen enemistados entre sí. Ha ganado un poco de espacio para toda la familia pero durante los días de tormenta, cuando la lluvia cae con fuerza Idivaldo sólo puede orar. "Cierro los ojos y rezo a Dios con todas mis energías para que la casa no se caiga sobre la cabeza de mis hijos. Tengo que tener fe, si no tengo fe, no tengo nada", explica resignado mientras se disculpa por la humildad de la vivienda.

No todos se conforman con lo que les toca vivir. Socorro Santos, de 62 años, se queja de las desigualdades que soportan y ven cada día casi sin salir del barrio. "Lo que pasa aquí no tiene nombre, esto es la Ciudad sin Dios", grita a carcajada limpia aprovechando el título de la famosa película (Ciudad de Dios) sobre una favela brasileña. Su propio barrio se convertirá este año en el escenario de una nueva telenovela (I love Paraisópolis) de Globo -esta vez sí entrarán en la favela, no como en la rodada en 1995-, basada en esa foto que hizo Vieira. La ficción amenaza con superar a la realidad: la protagonista pasará su tiempo entre el edificio de las piscinas y las calles de Paraisópolis derribando ese muro que separa los barrios y que se ha convertido casi sin querer en emblema de todas las desigualdades.

FUENTE: http://www.elmundo.es/internacional/2015/01/25/54c0eb8a268e3e176b8b457c.html

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